19 de junio de 1867. Fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía.[1]

El fusilamiento

[2]

Tras el dramático y desesperado intento de muchas personas de salvar al depuesto emperador y a sus generales más cercanos del paredón, el 13 de junio de 1867, “[…] el fiscal (Manuel) Aspiroz se presentó en el convento a notificar a Maximiliano que estaba sentenciado a muerte.”[3]

Los distintos aliados de los condenados pasaron los siguientes días intentando impedir que se concretara.[4] El indulto se buscó por todos los medios, pero no se logró. Aparentemente Maximiliano ya había aceptado su destino, por lo que se decidió a arreglar sus asuntos personales[5], aunado a que la condena pasó del 16 de junio al 19 del mismo mes como fecha última, a instancia de los defensores de los prisioneros.

El día de la ejecución, el otrora heredero de la corona austriaca se preparó con cierta calma para su cita con su fatídico destino:

[…]Maximiliano se levanta en la madrugada y su criado Tüdos le ayuda por última vez a vestirse. Usa una camisa blanca, chaleco, pantalón oscuro y una levita larga. Después de confesarse con el canónigo Manuel Soria y Breña, pasa a escuchar misa a la capilla del convento con los otros prisioneros.[6]

El evento se llevó sin grandes sobresaltos, pero sí con sus peculiaridades que es menester mencionar. Maximiliano no ocupó el centro para ser fusilado. Ese lugar se lo cedió a Miguel Miramón, el joven Macabeo[7], “[…] por su valentía y honorabilidad, colocándose él a su izquierda y Mejía a su derecha.”[8] Éste  negó ante el pelotón las acusaciones que se le hacían de traidor, enunciando las siguientes palabras:

“[…] Mexicanos, protesto contra la mancha de traidor que se ha arrojado para cubrir mi sacrificio. Muero inocente de este crimen y perdono a sus autores, esperando que Dios me perdone y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos haciéndome justicia”[9]

Por último, la sentencia se ejecutó, con un Tomás Mejía impasible mirando directamente a los ojos al pelotón[10], pero firme ante la adversidad, junto con sus compañeros ante la inevitable muerte.

El capitán Montemayor mantiene su espada en alto. De golpe la deja caer y al rasgar el aire se oye el grito “¡Fuego!”. Una descarga cerrada, uniforme, estruendosa, cruza el espacio por encima de las tropas republicanas y los reos caen al suelo. El capitán aún distingue signos de vida en Maximiliano y le ordena al sargento Aureliano Blanquet cargar nuevamente su rifle… Le dispara directo al corazón.[11]

Curiosamente Aureliano Blanquet sería muy importante en el futuro, pues fue el militar que arrestó a Francisco I. Madero en la Decena Trágica y se volvió Secretario de Guerra y Marina bajo el mandato de Victoriano Huerta. [12]


[1] Escrito por Ricardo Rodríguez.

[2] Extraído de: https://bit.ly/2JwlzYL

[3] Blasio, José Luis. La celda de Maximiliano. Mayo y junio de 1867. En Relatos e Historias en México. 75 (2014) p. 75

[4] Tejeda Vallejo, Isaí Hideka. “El fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo” en Juárez, Benito. Manifiesto justificativo de los castigos nacionales en Querétaro. México: H. Cámara de Diputados, LXI Legislatura/Editores 4 A. 2010. Pp. 22-24

[5] Frías y Soto, Hilarión. “Rectificación a la obra del Conde E. de Kératry.” En: Del Llano Ibáñez, Ramón. Miradas sobre los últimos días de Maximiliano de Habsburgo en la afamada y levítica ciudad de Querétaro durante el sitio a las fuerzas del Imperio en el año de 1867. México: Universidad Autónoma del Estado de Querétaro /Miguel Ángel Porrúa Editores. 2009. Pp. 56-57

[6] Valtier, Ahmed. “19 de junio de 1867: fusilamiento de Maximiliano, Mejía y Miramón. El fin del sueño imperial.” En Relatos e Historias en México. [Consultado el 11 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2JwlzYL ]

[7] Serna, Enrique. La reforma frustrada. La dictadura macabea. En Letras Libres. [Consultado el 12 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2sRywlo ] El apodo venía por la siguiente razón: […]Miramón conocía el arte de la guerra mejor que los improvisados generales del enemigo y aplastó en una rápida campaña a las diezmadas milicias de Santos Degollado. Su hazaña le valió el mote de “joven macabeo”, por haber emulado, según sus turiferarios, la conducta del héroe bíblico Judas Macabeo, que se rebeló contra el imperio seléucida cuando quiso impedir al pueblo judío la adoración de su dios.

[8] General Amado Aguirre. “Episodio histórico entre los generales Don Mariano Escobedo y Don Tomás Mejía.” En Del Llano, Óp. Cit., p. 191.

[9] Tejeda, Óp. Cit., p. 25.

[10] Hernández, Bertha. En el cerro de las campanas: Tomás Mejía. En Crónica. [Consultado el 12 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2LLnvce ]

[11] Valtier, Óp. Cit.

[12] Ávila, Sonia. La Decena Trágica: Madero pierde su casa. En Excélsior. [Consultado el 12 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2LJi6T3 ]

14 de junio de 1861. Muerte de Santos Degollado.[1]

EL GENERAL DERROTAS

Santos

[2]

José Santos Degollado fue uno de los personajes más emblemáticos y polémicos de la facción liberal durante la redacción de la Constitución de 1857 y la Guerra civil de Reforma de 1858-1861. Nacido en 1811 en Guanajuato, vivió los pormenores de la Guerra de Independencia con su madre y un tío, para posteriormente experimentar una vida álgida dentro del convulso México decimonónico.[3]

Menciona Javier Garcíadiego que: “En 1854 participó en la rebelión de Ayutla contra Santa Anna y tuvo una notable participación, hay que decirlo, no eran tantas derrotas como luego las tendría; y además le sirvieron sus estudios en el Colegio Militar.[4]

A propósito de sus tropiezos militares, se le reconoció como el “héroe de las derrotas”, mote auspiciado por las fuerzas conservadoras[5] por su constante incapacidad de obtener victorias frente a sus rivales, lo cual se volvió uno de sus principales estigmas, no obstante su capacidad de levantar ejércitos para la causa liberal.[6]

A pesar de esto, no tuvo reparo en seguir combatiendo por las causas que él defendía –recordando que él fue miembro del Congreso Constituyente de 1856-, incluso podría parecer que sus derrotas fueron hasta cierto punto planeadas:

El ejército de Degollado doblaba en número al de Miramón, sin embargo, fueron mayores los triunfos del segundo, precisamente, debido al poco adiestramiento y disciplina militar de los constitucionalistas. En batallas importantes, la inexperiencia y la falta de coordinación afloraban, por lo que los jefes militares de Degollado muchas veces no hacían lo adecuado y provocaban la derrota; el mismo Miramón daba cuenta de ello. Lo anterior, aunado a la superioridad táctica y a los conocimientos militares, llevó a Degollado a implementar una estrategia en suma particular: huir cuando no se tuvieran las condiciones para ganar. Curiosamente esto funcionó y pudo sobrevivir desesperando a Miramón, distrayéndolo lo suficiente como para dar tiempo a Juárez para obtener apoyo estadounidense y, algo más importante, promulgar las leyes de reforma.[7]

Degollado fue un actor principal en el plano político y militar dentro del bando liberal hasta septiembre de 1860[8], cuando cayó en desgracia debido a una acción que él consideraba correcta para resarcir el rompimiento que significó la Guerra civil de Reforma. Esto se llamó Plan de Pacificación, que implicaba un nuevo Congreso Constituyente y, por tanto, una nueva Constitución.[9] Hay que añadir que dicho plan contemplaba también que Juárez no fuera presidente, por lo que este último le abrió un proceso judicial por su traición.

Lo que cambió la fortuna y memoria a posteriori de Degollado fue el asesinado de Melchor Ocampo por las huestes conservadoras, el 3 de junio de 1861. Degollado, amigo personal del finado, pidió permiso para ir a combatir a Leonardo Márquez, el asesino del ideólogo del liberalismo. “Tenía entonces el proceso en contra por el asunto del plan de paz; aun así, le fue concedido el permiso, sólo que en la primera escaramuza de persecución murió de un balazo en la cabeza cerca de Toluca, el 14 de junio de 1861.”[10] No obstante el proceso que pesaba sobre él

“En 1906, el presidente Porfirio Díaz decretó que el nombre de Degollado se inscribiera con letras de oro en el Congreso de la Unión y que sus restos fuesen depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Pero eso se llevó a cabo hasta 55 años después, el 15 de junio de 1961”

Para ampliar la información acerca del documento que provocó la ruptura con Benito Juárez, se facilita a continuación un extracto para su consulta en línea.

Propuesta de Pacificación de Santos Degollado

[11]


[1] Escrito por Ricardo Rodríguez.

[2] Extraído de https://bit.ly/2irzfXW

[3] Mercado Villalobos, Alejandro. “Santos Degollado. Estudio político de un liberal mexicano”. Tzintzun. Rev. estudios históricos no.63 Michoacán ene./jun. 2016. [Consultado el 11 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2JxIPRY ]

[4]“148 años de la muerte de Santos Degollado”. Antena Radio (Matutino). Con Mario Campos y Javier Garcíadiego. Efemérides Histórica. IMER. 107.9. México: Jueves 18 de junio 2015.

[5] Mercado Villalobos, Alejandro. “Santos Degollado”. en Relatos e Historias en México. Año VIII. 74. (2014), p. 36

[6] García, Joaquín. “Santos Degollado. Héroe de las Derrotas.” En Net Noticias Mx. Ciudad Juárez. 28 de octubre de 2015. [Consultado el 11 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2Juqfyi ]

[7] Mercado, Estudio político, Óp. Cit.

[8] Mercado, Santos Degollado, Óp. Cit., p. 35

[9] Garcíadiego, Óp. Cit.

[10] Mercado, Estudio político Óp. Cit.

[11] Mercado Villalobos, Alejandro. “Santos Degollado”. en Relatos e Historias en México. Año VIII. 74. (2014), p. 40

8 de junio de 1867. Llegan a San Luis Potosí, Mariano Riva Palacio y Rafael Martínez de la Torre, defensores de Maximiliano de Habsburgo, para entrevistarse con Benito Juárez. [1]

Los últimos días de la aventura imperial

[2]

Maximiliano y sus abogados.

Maximiliano de Habsburgo llegó a México en 1864 tras haber recibido a una representación de la facción conservadora de nuestro país. No sabía que sería el inicio de su última aventura.

Aunque el efímero segundo imperio mexicano se erigió a la llegada de Maximiliano, su gobierno nunca pudo consolidarse en la totalidad del territorio nacional. Empero, sus actividades legislativas buscaron dotar de legalidad a su administración, aunque esto no trascendió tras la captura el emperador el 15 de mayo de 1867 por el General Mariano Escobedo en Querétaro.[3]

Después del arresto del monarca europeo, empezó el proceso para condenarlo a él y a los que lo apoyaron. Las personas que se aprestaron para su defensa, lo hicieron de manera voluntaria. Menciona Agustín Rivera que:

Junio, 5. Conociendo los defensores de Maximiliano que según la ley de 25 de enero no tenían disponibles más que tres días para la defensa, convinieron en que Ortega y Vázquez quedarían en Querétaro y harían la defensa judicial del Emperador, y Riva Palacio y Martínez de la Torre marcharían al día siguiente a San Luis Potosí, como en efecto marcharon para agenciar eficazmente la concesión del indulto de la pena de muerte, cuya sentencia tenían por segura según la ley de 25 de enero. Poco después salió de Querétaro para San Luis Potosí el Barón de Magnus con el mismo objeto que los defensores.[4]

Esta información es corroborada por el secretario particular de Maximiliano, José Luis Blasio; en su texto, Maximiliano íntimo, comenta la llegada de las personas dispuestas a darle una defensa justa al derrotado monarca: “El día cinco de junio, habían llegado a Querétaro el barón de Magnus de Prusia, su secretario Shaller, el encargado de negocios de Bélgica M. Hoorrick, y los abogados nombrados por el Emperador para defenderlo y que eran los Sres. Don Mariano Riva Palacio y Don Rafael Martínez de la Torre.[5]

La citada ley de 25 de enero de 1862, fue expedida por Benito Juárez y en su artículo 1° enunciaba los supuestos en que procedía la pena capital:

I. La invasión armada, hecha al territorio de la República por extranjeros y mexicanos, o por los primeros solamente, sin que se haya precedido declaración de guerra por parte de la potencia a que pertenezca.

II. El servicio voluntario de mexicanos en las tropas extranjeras enemigas, sea cual fuere el carácter con que las acompañen.

III. La invasión hecha por mexicanos, o por extranjeros residentes en la República, a los súbditos de otras potencias, para invadir el territorio nacional, o cambiar la forma de Gobierno que se ha dado la República, cualquiera que sea el pretexto que se tome.

IV. Cualquiera especie de complicidad para excitar o preparar la invasión o para favorecer su realización y éxito.

V. En caso de verificarse la invasión contribuir de alguna manera a que en los puntos

ocupados por el invasor, se organice cualquier simulacro de gobierno, dando su voto, concurriendo a juntas, formando actas, aceptando empleo o comisión, sea del invasor mismo o de otras personas delegadas por éste.[6]

Los defensores de Maximiliano llegaron a San Luis Potosí, dejando a Maximiliano en Querétaro listo para enfrentar el Consejo de Guerra. Riva Palacio y Martínez de la Torre trataron de conseguir del gobierno la gracia del indulto el 8 de junio, sin éxito alguno.[7]


[1] Escrito por Ricardo Rodríguez

[2] Extraído de: https://bit.ly/2njClwJ

[3] Tejeda Vallejo, Isaí Hideka. “El fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo” en Juárez, Benito. Manifiesto justificativo de los castigos nacionales en Querétaro. México: H. Cámara de Diputados, LXI Legislatura/Editores 4 A. 2010. P.18

[4] Rivera, Agustín. Anales mexicanos: La Reforma y el Segundo Imperio. 3° edición. Guadalajara: Escuela de Artes y Oficios, Taller de Tipografía. 1897. P. 361.

[5] Blasio, José Luis. La celda de Maximiliano. Mayo y junio de 1867. En relatos e Historia en México. Año VII. Núm. 75. Editorial Raíces. P. 74

[6] Ley contra los conspiradores dada por Don Benito Juárez. Enero 25, 1862. En  Museo de las Constituciones. [Consultado el 6 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2sC8OkL ]

[7] Frías y Soto, Hilarión. “Rectificación a la obra del Conde E. de Kératry.” En: Del Llano Ibáñez, Ramón. Miradas sobre los últimos días de Maximiliano de Habsburgo en la afamada y levítica ciudad de Querétaro durante el sitio a las fuerzas del Imperio en el año de 1867. México: Universidad Autónoma del Estado de Querétaro /Miguel Ángel Porrúa Editores. 2009. P. 56

30 de junio de 1959. Muerte de José Vasconcelos.[1]

José Vasconcelos

[2]

Polémico, intelectual, escritor, maestro, abogado, político, rector de la Universidad Nacional, candidato presidencial. Estas palabras enumeran parte de lo que fue José María Albino Vasconcelos Calderón[3], nacido un 28 de febrero de 1882 en la Ciudad de Oaxaca.[4]

Fue uno de los grandes ideólogos de la educación en México, constantemente ocupado en el tema. Fundó el Ateneo de la Juventud en 1909[5] donde, junto con otros intelectuales[6], empezaron a dar una serie de conferencias que serían parteaguas del pensamiento revolucionario y posrevolucionario de nuestro país. El pasaje convulso de la revolución mexicana lo llevó a que tuviera constantes exilios; a raíz del asesinato de Francisco I. Madero y, aunque en un principio se adhirió al movimiento constitucionalista, volvió a exiliarse en 1914, abandonando el puesto de director de la Escuela Nacional Preparatoria. Posteriormente, fungió de manera fugaz como Ministro de Instrucción Pública para el régimen Convencionalista a  cargo de Eulalio Gutiérrez[7]

Para 1920, con posterioridad al asesinato de Venustiano Carranza y el establecimiento del gobierno provisional de Adolfo de la Huerta, éste lo designa rector de la Universidad Nacional, posición desde la cual diseña lo que sería la gran reforma educativa que dio origen a la Secretaría de Educación Pública, el 3 de octubre de 1921.[8] A la par de esto, el 12 de octubre del mismo año[9], el educador fue nombrado titular de la misma dependencia, encargándose de una campaña masiva de alfabetización y difusión de la enseñanza pública, con el fin de lograr que tuviera validez fáctica el artículo 3° de la joven Carta Magna. Vasconcelos fue el ilustre personaje que legó el afamado apotegma de la Universidad Nacional: “Por mi raza hablará el espíritu”. De acuerdo a sus propias palabras, significa:

“Se resuelve que el Escudo de la Universidad Nacional consistirá en un mapa de la América Latina con la leyenda: ‘POR MI RAZA HABLARÁ EL ESPÍRITU’; se significa en este lema la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima. Sostendrán el escudo un águila y un cóndor apoyando todo en una alegoría de los volcanes y el nopal azteca.»[10]

Vasconcelos buscó además contender políticamente por la gubernatura de Oaxaca en 1924, así como por la presidencia de la República en 1929, terminando ambas empresas en un fracaso para el educador. Aunque tuvo un último exilio de 1930-1939 tras su derrota electoral, regresó definitivamente al país para ocuparse en distintas actividades de índole cultural, siendo tal vez algunas de las más importantes el ser miembro fundador de El Colegio Nacional, director de la Biblioteca Nacional de 1941-1945, fundador y director de la Biblioteca de México (1945 hasta su muerte) y conferencista recurrente en la Universidad Nacional Autónoma de México. A lo largo de su vida, Vasconcelos recibió distintos doctorados Honoris Causa por parte de varias universidades latinoamericanas, y llegó a ser parte de la Academia Mexicana de la Lengua a partir de 1950.[11] Murió de un infarto el 30 de junio de 1959, en la Ciudad de México.[12]


[1] Escrito por Ricardo Rodríguez.

[2] Imagen extraída de Fundación UNAM. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/1FnGL61 ]

[3]“Falleció José Vasconcelos.” Hoy en la Historia. History. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2JVUIFN ]

[4] Ana María del Pilar Martínez Hernández y Tania Itzel Nieto Juárez. Recordando a José Vasconcelos a 58 años de su muerte. En Revista Digital Universitaria. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2uKJYxc ]

[5] “Historia. José Vasconcelos Calderón.” En:  Biblioteca ENP 5 José Vasconcelos. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2MMYVJl ]

[6] Gabriel Vargas Lozano. El Ateneo de la Juventud y la Revolución Mexicano. En Lit. mexicana. vol.21 no.2 México, 2010. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2JXUX31 ] Entre los intelectuales del Ateneo se encontraban: Antonio Caso (1883-1946); ; Alfonso Reyes (1889-1959); Pedro Henríquez Ureña (dominicano, 1884-1946); Isidro Fabela; Julio Torri; Diego Rivera, Manuel M. Ponce, Martín Luis Guzmán, Julián Carrillo, Nemesio García Naranjo y otros.

[7] José Vasconcelos y la Universidad Nacional. En Fundación UNAM. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/1FnGL61 ]

[8] Diario Oficial de la Federación. Se establece una Secretaría de Estado que se denominará Secretaría de Educación Pública. Octubre 3 de 1921. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2tgv8ke ]

[9] “El 12 de octubre de 1921, José Vasconcelos asume la titularidad de la Secretaría de Educación Pública. “Secretaría de Educación Pública. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2MMoOcs ]

[10] Martínez y Nieto, Óp. Cit.

[11] José Vasconcelos Calderón. En Archivos Jurídicas. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2JT1dZI ]

[12] Javier Garcíadiego. “Efemérides Histórica. 50 años de la muerte de José Vasconcelos.” En IMER. [Consultado el 21 de junio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2yy8HMA ]

2 de julio de 1915. Muere el ex presidente de México, General Porfi­rio Díaz, en París, Francia.[1]

La Tumba de Don Porfirio Díaz

[2]

Un día como hoy, pero de 1915, el octogenario ex presidente de México, General Porfirio Díaz, exhalaba su último aliento en París, Francia, en un exilio no deseado, alejado de su patria y nostálgico por su tierra. [3]

Nacido un 15 de septiembre de 1830, fue sin duda un parteaguas para la Historia nacional, pues estuvo involucrado activamente en la defensa de la República liberal contra el Imperio de Maximiliano de Habsburgo. Su relevancia es tal, que una etapa completa de nuestro devenir histórico está definida por su figura.[4] El Porfiriato, sucedido de 1877 a 1880 y de 1884 a 1911, cambió totalmente el panorama de México, pues se ingresó al país a una auténtica etapa de desarrollo industrial, hubo superávit financiero, construcción de ferrocarriles, estabilidad, paz, orden y progreso, como lo profesaba el mandatario.

No obstante, no se debe minimizar lo que podría considerarse como una serie de graves atropellos a diversos sectores de la población, sobre todo de origen indígena y de bajos recursos, a quienes se les etiquetaba como “ladrones por cuestión genética”[5]; lo que resultó en una gran diferenciación social, pese a los esfuerzos de mejorar la instrucción pública.[6] De hecho, la cuestión de la criminalidad parecía, según la apreciación de la época, algo particular de las clases bajas de la sociedad. Menciona Elisa Speckman que “[…]gran parte de los criminales provenían de sectores que contaban con bajos recursos económicos, lo cual no resulta extraño si pensamos que ese sector constituía la mayoría de la población.”[7]

A pesar de ello, es menester señalar la apreciación que se tenía del titular del Ejecutivo en su época. Menciona Emilio Rabasa que “[…] la opinión pública apoyó vigorosamente al gran constructor de la nación, por más que el absolutismo la impacientara.”[8] La muestra más fehaciente de ello fue la defensa que hizo Francisco Bulnes de la reelección de Díaz, donde mencionó que “El buen dictador es un animal tan raro que la nación que posee uno debe prolongarle no sólo el poder, sino la vida”[9]

Empero, el pasado no se juzga y los sucesos se deben analizar en su contexto, Así, podemos enunciar el conocido apego –nominal- del dictador a la Constitución de 1857, la simulación democrática y el establecimiento de un Congreso a modo, como los principales factores de legalidad y legitimidad de su régimen, las cuales, imbricadamente, pocas veces se han conseguido en la convulsa historia de nuestro país. Tal vez la máxima expresión de esto, se mostró en el momento de presentar su renuncia ante los legisladores de la nación el 25 de mayo de 1911:

La renuncia contiene estas graves palabras: «Espero… que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional un juicio correcto que me permita morir llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas».[10]

Su exilio inició a la brevedad. “La madrugada del 26 de mayo, la familia Díaz partió al exilio. El militar de confianza para acompañarla durante el trayecto en el tren a Veracruz fue el general Victoriano Huerta, lo que era un reconocimiento a su lealtad.”[11] El 31 del mismo mes, partió a bordo del barco Ypiranga desde el puerto de Veracruz con destino al Viejo Mundo. En 1915 empezó a desmejorar su salud, siendo detectada arterioesclerosis múltiple como el mal que le aquejaba. “Por otra parte, su lucidez mental se fue limitando a un hecho monotemático: la añoranza de México.”[12] Sus últimos días la pasó al lado de sus familiares.

De acuerdo con sus familiares, el día 29 de junio recibió la extremaunción y fue la tarde del 2 de julio que falleció. Fue sepultado en la Iglesia de Saint Honoré l’Eylau, con la intención de que su cadáver embalsamado fuera traído a México, pero dada la negativa, en 1921 sus restos fueron trasladados al cementerio parisino de Montparnasse, donde aún permanecen [13]

Aunque se ha intentado cumplir sus últimos deseos y traer sus restos de vuelta al país, esto no se ha concretado, no obstante el empuje de esta iniciativa en el contexto del Centenario luctuoso del personaje. Resulta necesario seguir analizando al personaje y su contexto, así como a los procesos históricos que giraron en torno a su figura, para comprender los diferentes matices de la realidad y el momento del sujeto histórico.


[1] Escrito por Ricardo Rodríguez.

[2] Extraído de: https://bit.ly/2NhTMJT

[3] Tomás F. Arias Castro. Los últimos días de Don Porfirio. En Relatos e Historias en México. Año VIII. 84. septiembre de 2015. P. 78.

[4] Luis A. Salmerón. “Muere Porfirio Díaz. 2 de julio de 1915.” En Relatos e Historias en México. Año V. 59. Julio 2013. P. 89

[5] Elisa Speckman. Crimen y Castigo: legislación penal, interpretaciones de la criminalidad y administración de la justicia, Ciudad de México, 1872-1910. México: El Colegio de México. UNAM. 1992. P. 92. 357 p.

[6] Luis González y González. “El liberalismo triunfante” en Cosío Villegas, Daniel, et. Al. Historia General de México. Versión 2000. México: El colegio de México, 2008. P. 660. 1103 p.

[7] Ibídem, p. 93.

[8] Emilio Rabasa. La evolución histórica de México. 4° edición. México: Coordinación de Humanidades UNAM, Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa, 1986. P. 159. 361 p. Biblioteca Mexicana de escritos políticos.

[9] Enrique Krauze. Siglo de los caudillos. Biografía Política de México. (1810-1910). México: Tusquets editores. 2009, ´ p. 306. 347 p. Colección Maxi Tusquets.

[10] ­­­­­­­­­_____________. Vindicación de Porfirio Díaz en: Letras Libres. 7 de julio de 2015. [Consultado el 2 de julio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2lP71VT ]

[11] Pedro Siller. Huerta en defensa del gobierno de Porfirio Díaz. En Relatos e Historias en México. Año VIII. 92. abril de 2016. P. 47.

[12] Arias Castro, Óp. Cit., p. 78.

[13] Leticia Sánchez Medel. “El viaje de Porfirio Díaz al exilio, cortesía del ‘Ypiranga’”. En Milenio. 30 de junio de 2015. [consultado el 2 de julio de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2KKNf8U ]