12 de septiembre de 1919. Se funda la Academia Mexicana de la Historia, correspondiente de la Real de Madrid. Su primer director fue Luis González Obregón.[1]

Fuente: https://bit.ly/2wzvkfs

Hace 100 años, México vio el nacimiento de una institución que resulta desconocida para gran parte de la población: la Academia Mexicana de la Historia. Lo más inaudito es que tenga una correspondencia con su similar Real de Madrid –no confundir con el club deportivo-, pues para ese entonces México ya tenía casi una centuria de vida independiente en el momento de la instauración del liceo.

Para comprender esto, hay que remitirnos al siglo XVIII, cuando Nueva España era parte de la Monarquía Hispánica, bajo el reinado de la Casa de Borbón; representantes del despotismo ilustrado y precursores de distintas instituciones culturales que perviven hasta nuestros días. El rey Felipe V fundó en 1713 la Real Academia de la Lengua Española[2]; posteriormente el 18 de abril de 1738, se estableció por Real Orden la especializada en Historia.

La orden citada sirvió para aprobar los primeros estatutos por los que habría de regirse la nueva corporación, elaborados por la Junta fundacional. De acuerdo con esta norma, los académicos de número serían 24, a los que se sumarían igual cantidad de supernumerarios, para suplir, por antigüedad, a los numerarios ausentes por razón de servicios al Estado.[3]

Pero los criollos novohispanos nunca pudieron establecer una propia, siendo establecida hasta el siglo XIX, una vez iniciada la vida independiente de nuestro país.

El primer intento de fundar la Academia Mexicana de la Historia se dio en el año de 1836 durante la época en la que Antonio López de Santa Anna gobernaba el país. Sin embargo, debido a la constante inestabilidad social y política que vivía México el proyecto no fructificó. Posteriormente con el triunfo republicano en 1867 regresó el interés por establecer una institución que albergara al conocimiento histórico y sus mayores exponentes.[4]

Curiosamente, la Academia Mexicana de la Lengua se pudo establecer con antelación, en 1875, con correspondencia de la Real de Madrid y, paralelamente, también se intentó establecer la Academia Mexicana de la Historia. Para infortunio de los que apoyaban esta iniciativa, hubo un conflicto importante debido a las ideas anti hispánicas de la época, que provocaron que en 1880 se colocaran sedes en Buenos Aires, Bogotá y Caracas, pero no en México, a pesar de la relevancia histórica de la Nueva España.[5]

Con todo, los intentos por conseguir este objetivo continuaron durante el Porfiriato. Lo que resulta paradójico es que, a pesar de los sentimientos anti hispánicos de gran parte de la clase intelectual mexicana, se buscó la aprobación de una institución netamente española, no obstante que no gozó del reconocimiento múltiples veces.[6] Para 1901 “[…]el Marqués de Prat, ministro de España en México, por iniciativa propia empezó a promover una negociación para que la Real Academia de la Historia autorizara la fundación de una correspondiente mexicana.”[7]

Este intento nuevamente quedó en la congeladora, pero en 1913, se creó la Academia de Historia, sin relación momentánea con la madrileña. Infortunadamente para esta institución, el año resultó poco apropiado para afianzar este proyecto, debido a la convulsión política provocada por el proceso revolucionario de nuestro país. Sin embargo, la tenacidad de los historiadores mexicanos se vio finalmente recompensada en 1916 al fundar una nueva Academia, en principio sin patrocinio hispánico. “Manuel Romero de Terreros y el padre Mariano Cuevas S.J. fueron los encargados de promover que se otorgara a la academia mexicana la corresponsalía española”[8]

El 12 de septiembre de 1919 se consiguió algo que se había negado por casi 100 años: la Academia Mexicana de la Historia quedaba formalmente constituida, con reconocimiento y relación con la Real de Madrid[9], quedando constituida y fundada de origen por los siguientes personajes:

Francisco Sosa, Francisco Plancarte (arzobispo de Monterrey), Ignacio Montes de Oca (obispo de San Luis Potosí), Luis García Pimentel, Francisco A. de Icaza, Mariano Cuevas, Manuel Romero de Terreros, Jesús García Gutiérrez (canónigo honorario de la Basílica de Guadalupe), Jesús Galindo y Villa, Luis González Obregón, Juan B. Iguíniz y Genaro Estrada.

La primera reunión fue en la casa de Luis González Obregón, a partir de ahí se congregaron en distintas sedes, ya que no tuvieron una oficial hasta el año de 1952, cuando Don Manuel Romero de Terreros y Don Atanasio Saravia lograron obtener un fideicomiso del Banco de México y, de paso, un lugar fijo para reunirse y desarrollar los objetivos de la Academia. La sede definitiva se fijó en la casona ubicada en la Plaza Pacheco de la Ciudad de México, y se inauguró el 9 de diciembre de 1953. Dicho inmueble continúa como asiento de la institución de investigación histórica.[10]

Actualmente tiene entre sus más destacados miembros integrantes a Enrique Krauze, Elisa Speckman, Jean Meyer, Josefina Zoraida Vázquez, Gisela von Webeser, Antonio Rubial, entre otros distinguidos historiadores.

Pero el aporte de esta academia no termina ahí, pues, conmemorando la fecha de su establecimiento formal, en México celebramos cada año el Día del Historiador, como reconocimiento y para el deleite de las personas que se dedican al estudio del pasado.[11]

A propósito de estos profesionales del pretérito, Luis González y González, singular historiador mexicano, menciona algunas de las características que comparten quienes se dedican a esta ingente labor:

El historiador sobresaliente de todas las épocas ha tenido un cerebro poblado de literaturas y vividuras, ducho en todas las cosas y en algunas más, almacén bien surtido de saberes y experiencias, esponja y pozo de sabiduría. Ha llenado su morral con los mejores conocimientos del homo sapiens y ha vivido como cada uno de los seres humanos. Sin lugar a dudas, requiere un saber tan sólido como variado y una experiencia directa de la vida. El historiador es, además de rata de biblioteca, un hombre verdaderamente hombre. Él, como el periodista, ‘tiene por fuerza conocer –siquiera sea superficialmente- la escala de todos los conocimientos humanos. Sólo ellos tienen que ser músicos y poetas, arquitectos y arqueólogos, pintores y médicos’. Quien se ocupa de las acciones humanas del pasado no tiene derecho a ser ignorante ni a una vida unidimensional.[12]

Dicho lo anterior, resulta necesario felicitar a los indagadores del pasado, en lo general, y de manera especial a todos los que se dediquen a esta tarea, en nuestra página y en México. ¡Enhorabuena!


[1] Escrito por Ricardo Rodríguez.

[2] Vázquez, Josefina Zoraida. “Cincuenta y tres años de las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia” en Historia Mexicana, vol. L, núm. 4, abril – junio. México, 2001. P. 709

[3] Real Academia de la Historia. [Consultado el 31 de agosto de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2oo6knI ]

[4]Mora Muro, Jesús Iván. En defensa de la tradición hispánica. La Academia Mexicana de la Historia en el contexto revolucionario, 1910-1940. En Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 ∙ enero-junio 2017. Querétaro. P 182

[5] Zoraida, Óp. Cit., p. 711

[6] Mora, p. 183.

[7] Zoraida, Óp. Cit., p. 711

[8] Mora, Óp. Cit., p. 183.

[9] Zoraida, Óp. Cit., p. 711. De hecho, la aprobación se dio en una fecha distinta. De acuerdo a la autora, debido a la injerencia del padre Mariano Cuevas fue que se logró el reconocimiento. “De esa manera, el 27 de junio de 1919, a propuesta de los académicos de número Duque de Alba, Marqués de San Juan de Piedras Alba, Ramón Menéndez Pidal, Julio Pujol, Ricardo Beltrán y Juan Pérez de Guzmán, se aprobó la

fundación de la Academia Mexicana”

[10] Por las calles de la ciudad: Academia Mexicana de la Historia. [Consultado el 31 de agosto de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2wzvkfs ]

[11] Día del Historiador. Fundación Carlos Slim. [Consultado el 31 de agosto de 2018. Disponible en: https://bit.ly/2PmY3vC ]

[12] González y González, Luis. El oficio de historiar. Otros gajes del oficio. Tomo I. 2° reimpresión. México: Clío, 2004. P. 35, 358 p. Obras completas de Luis González y González.