Tulipomanía la enfermedad Holandesa que infectó a México.

Si a alguno de nosotros nos mencionan a Holanda seguramente asociaremos el país con la hermosa flor conocida como Tulipán, sin embargo, si eres historiador, o más aún, economista, esta asociación puede estar acompañada de tintes funestos, ¿Pero qué lúgubre relación puede tener una bella flor con un país estable como Holanda? Acompáñennos para descubrirlo.

Holanda: por qué se llama ahora sólo Países Bajos

El paciente cero

La palabra Tulipán deriva del turco tülbent, lugar de donde proviene dicha flor. Algunos historiadores piensan que la planta fue exportada desde Constantinopla en el siglo XVI, llegando primeramente a Austria, donde empezaría a ganar popularidad hasta Europa del norte, lugar donde generaría un boom total debido a su naturaleza exótica y hermosa.

Sin embargo, la flor ganaría especial notoriedad en Holanda, entre otras cosas debido a un interesante factor, el suelo de la región provocaba que las flores adquirieran colores únicos. Los tulipanes rápidamente se volvieron sinónimo de riqueza, moda y extravagancia. El bulbo de tulipán se volvió el objeto más deseado por la clase rica, llegando al punto en que el precio dispuesto a pagar era simplemente desorbitante.

Pero si buscamos conocer con más exactitud la manera en la que llego a afectar la tulipomanía a la sociedad podemos consultar los registros que Charles Mackay dedica al respecto.

En la década de 1620 el precio del tulipán empezó a crecer sin medida, si bien en un primer momento los horticultores holandeses intentaron controlar el proceso mediante el cual las plantas adquirían su aspecto multicolor, las medidas terminaron siendo inútiles, provocando que las flores se volvieran aún más cotizadas por su aleatoriedad.

Entonces, y de misma manera que con un virus o bacteria, el efecto contagio entró en papel. Pronto los ricos burgueses empezaron a adornar su jardín con hermosas flores de tulipán. La avaricia de la clase adinerada no se hizo esperar, las personas gastaban cuantiosas sumas de dinero buscando que su jardín estuviera decorado con mejores tulipanes que los de sus vecinos.

Como siempre, la clase media no se hizo esperar y, emulando la actitud de sus vecinos más ricos empezaron a invertir dinero en bulbos de tulipanes, las flores dejaron de ser un motivo de estética, ahora eran cuestión de clase.

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En el pico de la epidemia

Durante 1623 la enfermedad de los tulipanes era visible por todos lados, debemos recordar que para la época, países Bajos era una potencia mundial, pues era el país más rico en el momento, por lo que siempre estaba al frente de las innovaciones económicas. Durante la crisis de los tulipanes esto se hizo más que visible.

Las tabernas se volvieron un lugar donde vendedores y compradores se reunían para hacer negocios diariamente, las subastas de bulbos se volvían eventos concurridos dónde circulaban miles de florines. Otra de las innovaciones del mercado fue la creación de catálogos, con dibujos hechos a mano, de los tulipanes en venta, con lo cual las plantas entraron a la bolsa de valores, de esta forma todas las clases sociales se vieron envueltas en la fiebre de los tulipanes.
 
Rápidamente la fama de la riqueza generada por los tulipanes empezó a tomar vuelo, miembros de toda la sociedad deseaban tener una parte del pastel, por lo que la gente empezó a invertir todo lo que tenía con tal de poder comprar estos bulbos de tulipanes.

La situación llegó a tal punto que bulbos de tulipanes eran cambiados por lujosas mansiones, o mantenían valores altísimos, como el de un bulbo por 1000 florines; (para hacernos una idea el ingreso anual de un holandés promedio era de 150 florines) a efectos de comparación una tonelada de mantequilla costaba 100 florines, y ocho cerdos 240 florines.

El precio de venta más alto lo alcanzó un tulipán tipo Semper Augustus, vendido por la módica cantidad de 6000 florines. Las ganancias pronto alcanzaron la suma del 500%.

semper Augustus


Sin embargo, parecía que la fiebre apenas comenzaba. Debido a la naturaleza de los tulipanes, que solo crecían en cierta época del año, muchos vendedores empezaron a estar inconformes con el ritmo de ventas, por lo que crearon un nuevo tipo de negocio, llamado windhandel o negocio del aire, con esto nacía el primer mercado especulativo de la historia.

Los contratos y pagarés rápidamente empezaron a reemplazar a los bulbos físicos. Los llamados floristas vendían cosechas de tulipanes que aún no se cultivaban, así mismo, se vendían tulipanes aun inexistentes basando su precio enteramente en la especulación de su valor. Con esto el primer mercado de futuros en la historia moderna tomaba lugar.

Punto de quiebre


Para 1637 el negocio de los tulipanes estaba en la cima, muchas personas tenían invertido todos sus ahorros en contratos de bulbos, muchas otras habían abandonado su antigua profesión con tal de sumarse a la nueva ola especulativa del mercado, los precios parecían no parar de subir y todo mundo estaba contento con la nueva manera de generar riqueza…O al menos eso pensaban.

El 5 de febrero de 1637 un lote de tulipanes se vendió por 90 000 florines, esa sería la gran última venta.

Al día siguiente un florista puso en venta un lote de medio kilo por 1300 florines, sin embargo, el lote no se vendía, extrañado, el florista rebajó el costo a la mitad,  la situación no mejoró, los vendedores, alarmados, se dieron cuenta de lo que pasaba, ya no había compradores en el Mercado.

La burbuja estalló rápidamente, los precios empezaron a caer en picada, los propietarios de los tulipanes buscaban vender su mercancía a cualquier costo, pero era inútil, todo el mundo vendía y nadie compraba.

Tulipomanía: Historia de una burbuja desmesurada (con imágenes ...


Lo que siguió fue una crisis económica sin precedentes; Charles Mackay, en su libró «Memoir of Extraordinary Popular Delusions and the Madness of crowds» menciona:

Fue tan grande la obsesión, que la industria normal del país fue negada. […] Todos pensaron que la pasión por los tulipanes duraría para siempre y que los recursos del mundo serían enviados a Holanda para pagar los precios que fueran solicitados por los tulipanes. […] lo que subió fueron los precios de los artículos en Holanda. […] finalmente, los más sensatos se dieron cuenta de que esta locura no podía durar para siempre. […] el comercio del país sufrió un terrible golpe, del cual tomó muchos años para recuperarse. 

El estallido de la burbuja tuvo consecuencias terribles, miles de personas que habían dejado sus profesiones, hipotecado sus casas, e invertido todos sus bienes inmediatamente se vieron hundidos en crisis financiera, la bancarrota sacudió a todas las clases por igual.

Muchas personas acudieron a la corte para demandar que su deuda fuera cancelada y su dinero repuesto, sin embargó, al ser la primera vez que pasaba un evento así,  el marco jurídico para ampararse era simplemente inexistente.

Al final el gobierno decidió decretar que todas las deudas serían canceladas y solo se tenía que pagar el 10% de su valor original.

La tulipomanía se la había cobrado caro a los neerlandeses, años tardaron en reconstruir su dañada economía, el precio fue caro pero la lección se aprendió… Sin embargo, la fiebre de los tulipanes todavía no estaba erradicada.

Pandemia, la tulipomanía llega a México

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Tal vez Holanda aprendió (a las malas) los efectos que el mercado especulativo podía causar a la economía, sin embargó otra  coincidencia de la fiebre tulipán con los virus, es que siempre muta.

México, año 1995, el peso mexicano sufría una de las devaluaciones más fuertes en su historia, los efectos económicos también fueron notables, tras la devaluación se dio un constante proceso de apreciación del tipo de cambio, lo que provocó que para el año 1998 la moneda mexicana tuviera un nivel de sobrevaluación al observado en 1994.

Para el año 2000 la sobrevaluación era aún mayor, 21% superior a la observada en noviembre de 1994, esto sin duda alguna provoca un efecto burbuja que nos recuerda a la enfermedad holandesa.

Contrario a lo esperado, la apertura comercial que México sufrió en esas décadas no estimularon el crecimiento económico, ni el tratado de libre comercio (TLCAN) ni las reformas económicas lograron disminuir el índice de enfermedad holandesa en México. Según investigadores, el problema proviene desde antes de la apertura económica.

Carlos Salinas de Gortari menciona:

En realidad la enfermedad holandesa en México proviene de la dependencia excesiva de los ingresos petroleros y las remesas de divisas de trabajadores en el extranjero, dentro del marco de un peso sobrevaluado que desalienta las exportaciones mexicanas no sólo a Estados Unidos sino también al resto de los mercados (como el de América Latina, donde antes teníamos superávit y ahora registramos déficit). Esto pone en situación de desventaja a  los productores rurales mexicanos ante las importaciones de  productos agropecuarios.

 

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Para entender lo que pasa es importante recalcar que actualmente, una de las principales características de la tulipomanía residen en el retroceso prematuro de los sectores comerciales, esto a causa de la apreciación de la tasa real de cambio.

En resumen, el problema por el cual el petróleo termina resultando dañino para la economía nacional es por la sobrevaluación de la moneda. La sobrevaluación abate el comercio interno al favorecer las exportaciones e importaciones, apoyando el aumento acelerado de consumo. En síntesis, disminuye la generación de empleos.

En «El mal holandés en México» David Ibarra afirma:

Las ventas de crudo no sólo exceden el servicio de la deuda inter nacional [de 16 mil millones en 2004), sino que representan la via de escape a la reforma fiscal. En efecto, el gobierno federal recibió [2004] de Pemex más de 30% (5.2% del PIB) de sus ingresos corrientes, es decir, más que toda la recaudación de los impuestos directos de empresas y personas del país (4.5% del producto) o la de los tributos indirectos (5.0% del producto). Así, México se ha convertido en cadena transmisora de la demanda del mercado norteamericano, sin retener beneficios en provecho de sus trabajadores y productores.  Como resultado de la combinación de las políticas neoliberales pasivas y la afluencia extraordinaria de recursos externos, la producción interna se estanca, como también el aporte de la industria al empleo y al crecimiento.

Sin duda alguna los efectos de la fiebre naranja son más que visibles, y aún más visible es que el mal holandés no solo afecta a los tulipanes, si no a cualquier nación, producto o mercado que no tenga suficiente cuidado para evitarla.

Algunos dicen que la historia nos ayuda a aprender de los errores cometidos para evitar volver a cometerlos, está más que probado que esto no siempre es así. La pregunta aquí es si algún día lograremos erradicar la tulipomanía, o en efecto, será una enfermedad crónica que nunca abandonara nuestra economía.

La respuesta quedará en manos de la historia.

Que por cierto, si alguno tiene ganas, le cambió su casa por un tulipán. 

–  Zarco

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