#Efemérides: 7 de enero de 1959: EEUU reconoce al gobierno de Fidel Castro en Cuba

7 de enero de 1959

Estados Unidos reconoce al gobierno de Fidel Castro en Cuba

Un día como hoy, hace 62 años, el Presidente de los Estados Unidos, Dwight Eissenhower, reconoció formalmente al gobierno revolucionario de Cuba, incluso antes de que el presidente Fulgencio Batista renunciara a su cargo.  Como bien sabemos, el reconocimiento internacional es una parte fundamental en la legitimidad de todo gobierno, más aún cuando hablamos de un gobierno emanado de una revolución y que ha derrocado por las armas al anterior. Por ello, verse reconocidos por la primer potencia mundial -y, de paso, su enemigo número uno- fue un paso definitivo para el triunfo de la Revolución Cubana.

Cabe recordar que Estados Unidos fue una pieza fundamental en el proceso de independencia de Cuba en 1897, al enfrentarse directamente con España y coadyuvar, por evidentes intereses geográficos y económicos, a la consumación la independencia cubana. Los norteamericanos habrían de dominar militarmente la isla hasta 1902, cuando retiraron sus tropas (excepto en la Bahía de Guantánamo, que controlan hasta la fecha) y el dominio armado cedió paso a un paulatino pero tangible dominio económico. De hecho, la llegada al poder de Fulgencio Batista en 1952 fue claramente respaldada por el gobierno de Harry S. Truman (1945-1953), quien no sólo lo apoyo militar y económicamente, sino que fue el primero en reconocer su legitimidad tras el golpe de estado que lo llevó al poder.

En respuesta, el régimen de Batista fue permisivo y abrió las puertas de par a la dominación política y económica por parte de Estados Unidos, lo que a la postre fue una de las causas de la revolución comunista de FIdel Castro, estallada en 1956. Pese a esto, a mediados de 1958 el gobierno de Estados Unidos cesó la venta de armas a Batista, lo que sellaría su derrota ante los rebeldes de Castro. Ya desde entonces se preveía un giro rotundo en el comportamiento diplomático de los norteamericanos con la isla, lo que fue confirmado por el reconocimiento que hoy conmemoramos.

No hay duda de que este hecho tiene una explicación lógica que quizá entonces escapaba al análisis político: Estados Unidos quería ayudar a la pronta conclusión del conflicto y, con ello, a establecer prontas negociaciones con el nuevo régimen y permitir así que los intereses económicos norteamericanos en Cuba estuvieran protegidos. Por supuesto, ese era uno de los puntos medulares del conflicto para la Revolución Cubana, y tan pronto como en 1960, el gobierno de Castro ordenó la expropiación de propiedades azucareras estadounidenses y otras medidas contrarias a los intereses norteamericanos. Para compensar los actos del gobierno cubano, Estados Unidos impuso severas medidas económicas que terminaron formando un embargo a Cuba, mismo que se perpetuó hasta años recientes.

No fue hasta 2015 que ambos gobiernos decretaron la creación de embajadas y el fortalecimiento de las relaciones diplomáticas, sobretodo en los ámbitos comerciales y económicos. Sin duda, un camino difícil de recorrer para ambas naciones, y que un día como hoy tuvo uno de sus hechos más relevantes. Para saber más, consulta:

CUBA Y PUERTO RICO EN LA MIRA DE COLOMBIA, ESTADOS UNIDOS Y MÉXICO

Un suceso poco conocido

El 28 de septiembre de 1831, el gobierno mexicano se dio por satisfecho de la aclaración que el gobierno colombiano le había hecho, también el día 28 pero de enero de ese mismo año, con respecto a que no estaba en condiciones de ayudar a México en el proyecto de independizar a Cuba y a Puerto Rico que ambos gobiernos habían acordado y habían plasmado en un convenio el 17 de marzo de 1826, bajo el título de «Plan de Operaciones para la Escuadra Combinada de México y Colombia»

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Con dicho comunicado se ponía fin al sainete diplomático que, desde la independencia de los Estados Unidos, se empezó a armar  y que, pasando los años involucraría a España, México, Colombia y los Estados Unidos. “Sainete diplomático” es el mejor nombre ya que no llegó a materializarse para ninguno de los interesados, salvo, en cierta manera, para los estadounidenses quienes, momentáneamente, aseguraron sus ambiciones sobre estas islas caribeñas.

El plan tenía lógica. Después de las derrotas españolas en el continente americano, había un ejército considerable en Cuba,  y España no aceptaba la independencia de sus colonias. Así, La Gran Colombia y México se sentían amenazados de un intento de reconquista –lo que no estaba fuera de lugar, demostrándose posteriormente, en septiembre de 1829 con el frustrado intento del brigadier Isidro Barradas, en las costas de Tampico, quien fue derrotado por el general Antonio López de Santa Anna- que la Madre Patria manifestaba a los cuatro vientos. Si estas dos nuevas naciones lograban conquistar Cuba y Puerto Rico, se mandaría al ejército español  de regreso a la península ibérica, eliminando el riesgo. Por otra parte, dicha acción traería beneficios territoriales ya que las dos islas pudieran ser parte de cualquiera de los presuntos invasores. Si estos planes anexionistas no se lograban, quedaba el logro de tener dos nuevas naciones independizadas, seguramente amigas.

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A quien no le gustaba nada esa jugada era a los Estados Unidos. Recién independizados, sus líderes habían manifestado su interés en apropiarse de estas islas. Razones comerciales, como el mercado del azúcar  avalaban el interés,  pero también razones de tipo geopolítico. La ubicación de dichas islas  representa beneficios estratégicos obvios. El 27 de enero de 1786  Tomás Jefferson escribía una carta a su amigo y colega Archibald Stuart  en la que decía que el interés de esta nueva nación   debería centrarse en irse quedando con lo que España fuese perdiendo de sus colonias en América. El objetivo: Cuba y Texas.

La independencia de Cuba, implicaba la posibilidad de que como nación libre no pudiera ser absorbida por el nuevo imperio  y , al quedar como parte, ya fuera de México o de Colombia, dificultaría sus planes. El 30 de octubre de 1810, el presidente James Madison le escribía al ministro estadounidense ante Gran Bretaña, William Pinkney, que el interés sobre Cuba era de tal importancia que no podía permitirse que pasara a ninguna otra potencia.

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James Madison

Cuba comenzaba con su intranquilidad social. Entre 1810 y 1812, Román de la Luz y el negro liberto José Antonio Aponte llevarían a cabo unos primeros intentos de independencia muy mal organizados y que fracasaron.

Agustín de Iturbide, ya en el México independiente, le escribe una carta al Arzobispo de Guatemala, el 10 de octubre de 1821,  participándole del interés que su gobierno tenía sobre Cuba. Un año después el ministro de Relaciones Exteriores de Colombia  Pedro Gual, gira órdenes de que se firme un tratada de cooperación ofensiva entre México y Colombia contra España. Obviamente todo esto era del conocimiento tanto de las autoridades españolas en Madrid y en Cuba, al igual que las autoridades estadounidenses. En efecto,  el 20 de noviembre de 1822, John Forsyth ministro de Estados Unidos ante Gran Bretaña le informaba al presidente John Adams que era muy posible que Colombia y México trataran de invadir Cuba y Puerto Rico. Por si fuera poco, en la Gaceta -periódico mexicano- del 27 de Noviembre  de 1822, se decía que España había concluido un tratado, cediendo la isla de Cuba a Francia, por su apoyo en la empresa que la Santa Alianza se había echado a cuestas para regresar a la América Española a su vasallaje. En 1821 hubo otro intento fallido de independencia cubana bajo el liderazgo de Francisco Lemus. En 1822, Puerto Rico tuvo injerencias haitianas  que los motivaban a la independencia.

La preocupación en Estados Unidos fue creciendo. El 11 de Junio de 1823, Tomás Jefferson, quien no perdía de vista su objetivo, le escribe al Presidente James Monroe de  las ventajas que se lograrían si se consiguiese que Gran Bretaña, apoyara el mantenimiento de la dependencia de Cuba hacia España y solo hacia ella, oponiéndose a cualquier intento de independencia o anexión a otro país de la isla. Ese mismo año el 30 de junio, Monroe le contesta a Jefferson, diciéndole que el participaba de la idea de que Cuba perteneciera a la Unión Americana, pero que esperaba actuar, en el momento oportuno.

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James Monroe

Por su parte Lucas Alamán, ministro de Relaciones Exteriores de México y Miguel de Santa María, embajador de Colombia en nuestro país, firmaban el 3 de octubre  un tratado de confederación ofensiva y defensiva contra España.

Todo esto se mantuvo durante la presidencia de Guadalupe Victoria, quien el 28 de agosto de 1824 le escribió a Anastasio Torrens, ministro mexicano en Colombia, diciéndole  que el representante británico en México, Patrick Mackie, no veía con malos ojos el que Cuba se independizara, o que pasara a ser parte de México. Ya en 1825, el 27 de abril, el nuevo secretario de Estado estadounidense,  Henry Clay, instruyó a su embajador ante la corte española para que gestionara la paz entre la metrópoli y sus antiguas colonias, no fuera a ser que aquella perdiera Cuba y Puerto Rico como el resto del continente. Asimismo, Clay, el 10 de mayo, instruía a John Middleton,  ministro estadounidense en Rusia a que consiguiera que el Zar influyera en la corte española para lo mismo: lograr la paz entre España y sus antiguas colonias. Todo para no perder la posibilidad de quedarse, en el momento oportuno, con Cuba.

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Lucas Alamán

Estando todavía la fortaleza de San Juan de Ulúa en manos españolas, Pedro Gual y Anastasio Torrens firman, el 19 de agosto, en Colombia un convenio de acción conjunta para hostilizar a los españoles en ese reducto. Esto quedó sin efecto al recuperar México esa fortaleza el 18 de noviembre siguiente, con la rendición de la guarnición española.

El 20 de diciembre Henry Clay le escribió una nota, que no podemos calificar más que de amenaza al Ministro de Relaciones Exteriores mexicano, Sebastián Camacho, en la que le decía que no debería México de seguir adelante con los planes de invasión a Cuba porque le atraería graves consecuencias. No obstante todas estas acciones, inexplicablemente Simón Bolívar rescindió el 24 de noviembre de 1827 el convenio que se tenía con México de ayuda mutua contra España.

Se sabe que el 8 de diciembre de 1827,el gobierno mexicano, sin ayuda colombiana, dio la orden de salida a dicha expedición desde el puerto de Veracruz, misma que consistió en unos cuantos lanchones que realizaron algunas acciones de hostigamiento en la costa sur de Cuba y que, sin ningún resultado importante, regresaron el 10 de diciembre a territorio mexicano. Y ese es el fin de la cronología de los hechos.

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La realidad es que ni México ni Colombia tuvieron en ningún momento recursos para llevar a cabo dicha invasión. Claro, esto no lo sabía nadie; ni ellos mismos. México confiaba en realizarla con los recursos de Colombia y esta pensaba lo propio de México. Por otro lado mantuvieron objetivos diferentes;  Simón Bolívar usó esta expedición como un “bluff” para lograr el reconocimiento de parte de España, México, por su parte mantuvo dos visiones, la del presidente Victoria, quien de manera humanista buscaba contribuir con la independencia de Cuba y la visión de los anexionistas como Lucas Alamán, que consideraban que por ventajas geográficas y razones históricas, Cuba debía pertenecer a México. Los Estados Unidos estuvieron preocupados por una fantasía creada por sus vecinos del sur del continente quienes no pudieron materializar nunca esos sueños. Cuba y Puerto Rico permanecieron españolas hasta la guerra hispano-estadounidense de 1898 y, salvo el intento de Barradas, no hubo intentos serios de reconquista.

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Guerra EUA-España 1898

                                                                                             Dr. Mariano García Martínez

                                            descarga (4)                                                  13 de julio de 2020.

Este artículo está basado, con adecuaciones y correcciones recientes,  en la tesis de licenciatura del autor: García Martínez, Mariano. Intento de independencia del Caribe 1821-1831. México, Colombia y Estados Unidos confrontados por Cuba y Puerto Rico. México, ENAH, 1999.

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